El peligro del poder absoluto
Los mercados pueden adaptarse a la volatilidad, la inflación, ciclos recesivos y hasta a crisis financieras. Pero hay algo que no soportan por mucho tiempo: la erosión de los límites institucionales. Cuando el poder político o económico se transforma en una voluntad personal, el problema ya no es solo ideológico, se convierte en un riesgo sistemático.
En el ámbito de la salud mental, pasa algo similar. La vida psíquica necesita límites, referencias simbólicas y marcos de previsibilidad. Sin estas estructuras, la incertidumbre comienza a infiltrarse, afectando tanto a la economía como a nuestra subjetividad.
El capitalismo moderno no se fundó en la ausencia de normas, todo lo contrario. Se construyó sobre instituciones, contrapesos y previsibilidad. Desde la segunda posguerra, el comercio internacional se organizó sobre acuerdos multilaterales y marcos regulatorios que limitan la discrecionalidad estatal. Este entramado institucional ha permitido décadas de expansión en el intercambio global. Cuando esos límites comienzan a desdibujarse, la economía se vuelve cada vez más impredecible. La historia económica nos dice que las grandes crisis suelen comenzar justo cuando los límites se erosionan.
A fines del siglo pasado, Susan George planteó en su libro “El Informe Lugano” que un capitalismo sin límites regulatorios tiende a generar inestabilidad. Lo que antes era solo un aviso teórico se vuelve cada vez más tangible en la economía global actual.
Cuando el presidente de Estados Unidos decía que podía destruir la economía de otro país con embargos, pero no podía imponer aranceles si la ley no lo permitía, no solo estaba hablando de comercio. Reveló una visión del poder económico como herramienta de devastación, donde el límite legal se convierte en una restricción técnica en vez de un principio fundamental.
Esto mismo ocurre cuando los gobiernos sugieren rediseñar equilibrios regionales a través de acciones militares. La excepcionalidad se transforma en algo permanente. Los mercados globales responden a estas señales no por sensibilidad moral, sino porque anticipan una incertidumbre que impacta en el transporte, la energía y las cadenas de suministro. La economía mundial necesita reglas claras; cuando se debilitan, el sistema entero empieza a tambalear.
El problema del poder sin límites no se queda solo en lo institucional o económico. Afecta también el orden simbólico que sostiene el tejido social. Cuando se erosionan los límites que regulan el poder, la arbitrariedad aumenta y se debilitan las barreras contra el abuso.
En términos de psicoanálisis, la ausencia de límites abre la puerta a la perversión. El otro deja de ser visto como sujeto y se convierte en objeto de uso. Casos como el de Jeffrey Epstein evidencian esta dinámica: redes de poder permitieron prácticas criminales extremas bajo la impunidad. Este tipo de situaciones muestra que cuando el poder opera sin límites, la transgresión no solo se vuelve habitual, sino que puede instaurarse como un sistema.
La erosión de los límites, tanto institucionales como simbólicos, no solo deteriora el tejido social. También erosiona la confianza necesaria para que la economía funcione. Sin fe en las instituciones, las reglas y la justicia, el comercio y la inversión se vuelven cada vez más frágiles.
Otra dimensión del poder sin límites que es preocupante es la aparición de amos sádicos. Esto no son solo líderes autoritarios; son estructuras de poder donde el sufrimiento ajeno deja de ser un límite y se convierte en un instrumento de control.
Las recientes transformaciones en el mundo laboral muestran cómo las reformas buscan eliminar protecciones históricas y ampliar unilateralmente el poder del empleador. Esto no solo cambia la regulación económica, sino que también altera la estructura del límite en las relaciones sociales. Las nuevas leyes laborales pueden crear relaciones de poder asimétricas y angustiantes.
La concentración rápida de capital y big data en unas pocas corporaciones es un indicativo de esta fase del capitalismo. En ausencia de límites regulatorios, el poder económico se vuelve cada vez más autónomo respecto a las instituciones democráticas. La relación entre privados no los excluye de la ley.
La acumulación de riqueza en Occidente muestra que no solo se busca acumular, sino también producir pobreza y hambre.
Estas transformaciones impactan también en la salud mental. La Organización Mundial de la Salud ha señalado que el aumento de trastornos de ansiedad, depresión y suicidio es uno de los principales desafíos de nuestro tiempo. Estos fenómenos son un reflejo de profundas transformaciones en las condiciones sociales y laborales de la vida contemporánea.
La economía no puede funcionar en el vacío. Requiere individuos que puedan proyectar futuro, consumir, invertir e innovar. Cuando predominan la angustia y la desconfianza, se deterioran las bases que permiten el crecimiento económico. Un sistema basado en el sacrificio termina por erosionar tanto el psiquismo como su propia capacidad productiva.
En los últimos años, se observa un cambio hacia el Este en el centro de gravedad económico y político del mundo. Mientras que las potencias occidentales enfrentan crisis de legitimidad y polarización social, diversas economías orientales consolidan estructuras más estables y con capacidad de planificación. El desvanecimiento de los límites institucionales en Occidente no solo genera inestabilidad interna, sino que también facilita este desplazamiento de poder.
La historia ha demostrado que cuando la regulación desaparece, el daño se multiplica. La crisis financiera de 2008 es un claro ejemplo de esto. La desregulación del sistema financiero llevó a la expansión de instrumentos especulativos que colapsaron bancos y mercados a nivel global. En el plano local, el reciente escándalo del fentanilo adulterado expone cómo la falta de controles puede llevar a tragedias sanitarias. Cuando el Estado pierde su capacidad regulatoria, incluso los aspectos más sensibles de la vida humana quedan expuestos a lógicas de mercado sin restricciones.
Por eso, la falta de límites no es solo un problema político o económico, sino un desafío civilizatorio. Cuando se desvanecen los límites, se debilitan las reglas que sostienen la economía y se fracturan las instituciones que garantizan la vida democrática. Estos acontecimientos revelan cuán lejos pueden operar las redes de poder con impunidad y plantean inquietantes preguntas sobre la protección de los más vulnerables.
Este es un claro ejemplo de un amo-sádico: un poder que no solo administra, sino que se alimenta del daño y sufrimiento ajeno. Esta deshumanización es explosiva, y los riesgos económicos e institucionales se acentúan.
Cuando desaparece la justicia, la riqueza se acumula en pocas manos, el poder se torna peligroso y la cultura occidental enfrenta una decadencia provocada por su propia deshumanización. No hay salud mental posible si se justifica y normaliza al “amo-sádico”.