La teoría de la dependencia digital y las inversiones de Big Tech
Desde el comienzo del libro, Cecilia Rikap aporta elementos clave para reflexionar sobre la inteligencia artificial (IA) y la ciencia de datos. Estas son tecnologías que, a diferencia de otras, no se vuelven obsoletas con el tiempo; en vez de eso, se desarrollan y sofistican. Un debate central que plantea es el vínculo entre las inversiones de las grandes empresas tecnológicas y el desarrollo real de los países donde deciden invertir. A menudo, las empresas contratan a unas pocas personas para sus centros de datos y estas realizan tareas repetitivas a cambio de salarios bajos, mientras que el trabajo especializado se lleva a cabo a distancia por profesionales de otras naciones. Esto crea una nueva división internacional del trabajo, donde solamente unas pocas empresas de Estados Unidos y China se benefician al monetizar los datos generados.
Periodista (P.): Hay algo presente en todo el libro: independientemente del estilo político de un país, todos parecen ansiosos por anunciar un parque de inversión en IA. ¿Por qué cree que esto sucede?
Cecilia Rikap (C.R.): Sin importar el color político, hay una fascinación por la IA y las tecnologías digitales. A menudo se cae en una idea equivocada de que estas tecnologías traerán crecimiento económico y aumento de productividad, lo que muchos consideran como un paso esencial hacia el desarrollo de los países en desarrollo. Se ignora que no toda tecnología genera crecimiento. Así, cuando una gran empresa se acerca ofreciendo una inversión considerable, los gobiernos, con pocas herramientas para regular, sienten que no pueden dejar pasar la oportunidad, temerosos de que esa inversión se desplace a un país vecino. Hay un sentido de competencia entre gobiernos y una dependencia clara del ingreso de divisas.
P.: Se menciona en el libro que adoptar la IA puede hacer que un Estado quede atrapado. ¿Esto afecta solo a países periféricos o también a potencias digitales?
C.R.: Afecta a todos. La dinámica entre Estados Unidos y China muestra que ambos gobiernos dependen de las grandes tecnológicas no solo para su funcionamiento diario, sino también para su capacidad militar. Los vínculos entre el Pentágono y empresas como Microsoft y Amazon son cada vez más discutidos. Por eso, un gobierno como el de Donald Trump necesita a las tecnológicas, pero a su vez, estas empresas se valen de su influencia para evitar regulaciones en todo el mundo.
P.: ¿Esta dinámica significa que los Estados están perdiendo el poder?
C.R.: Es complejo. Los gobiernos se subordinan, pero también intentan avanzar hacia una mayor autonomía. No podemos afirmar que llegarán a un punto en que ya no necesiten a los gobiernos, especialmente si consideramos que hay intentos de los gobiernos periféricos de cambiar las reglas del juego. Aunque la situación sea difícil, aún hay margen para que haya transformaciones estructurales.
Mercado de Inteligencia Artificial: las posibilidades de Argentina
P.: ¿Pueden los Estados, incluso los periféricos, crear tecnologías propias como alternativa?
C.R.: Definitivamente, pero no de forma aislada. La solución debe ser pública; el Estado tiene que involucrarse, invertir y crear marcos legales. Esto permitirá que se desarrollen instituciones que gestionen la producción tecnológica en beneficio de la mayoría. No se trata de cerrar la puerta a la inversión privada, sino de establecer un equilibrio donde los intereses públicos prevalezcan.
Imaginen un mercado donde diferentes empresas ofrezcan software de ciberseguridad, pero en una infraestructura realmente pública. Es posible, pero se requiere una identificación clara de qué bienes son públicos y dónde puede operar el mercado. La gestión de esta cadena de valor debe ser democrática.
P.: Se dice que los países periféricos podrían tener una ventaja por su subdesarrollo. ¿Qué oportunidades ve para Argentina?
C.R.: Nunca es tarde. Hay áreas que aún pueden aprovecharse para crear alternativas, y Argentina cuenta con científicos y técnicos capaces de desarrollar soluciones innovadoras. Es esencial conectar estas capacidades con otros países como Uruguay o Brasil, creando un enfoque colaborativo. La materia prima intelectual está aquí; el desafío es no solo financiar la ciencia pública, sino también evitar que los recursos se destinen únicamente a empresas privadas.
P.: Se ha hablado de una ley de Inteligencia Artificial en el Congreso, pero los avances son lentos. ¿Qué propuestas ve para el país?
C.R.: La presión de las tecnológicas es intensa, y esto complica cualquier intento de regular la IA. En este momento, un enfoque a nivel de industria que detalle el uso de la tecnología puede ser más efectivo. Así, podrá haber un marco que controle cómo se utilizan estas herramientas, protegiendo tanto a los consumidores como a los trabajadores en el proceso.