La proscripción perpetua como pena principal

He dedicado mi vida al servicio de Argentina, convencida de que la política es la herramienta más noble para transformar la realidad. A través de ella, busco ampliar derechos y construir un país más justo, libre y solidario. Por eso, el ataque del que soy víctima no es solo hacia mí, sino hacia un proyecto político más grande y, sobre todo, a la voluntad soberana del pueblo argentino.

Lo que he vivido no se puede entender como una simple serie de errores judiciales. Estamos hablando de violaciones graves de derechos humanos, originadas en un machismo que persiste en ciertos sectores del sistema judicial. Durante años, he sido juzgada no solo por mis decisiones, sino fundamentalmente por ser mujer, por ejercer un liderazgo firme y por no aceptar privilegios de quienes creían que el poder les pertenecía solo a ellos.

Ser la única mujer presidenta reelecta de la Argentina no es algo común. Y ser la única ex presidenta condenada por la Corte Suprema… ¿de verdad alguien puede pensar que eso es casual? Cuando una mujer es perseguida con violencia y estigmatización, incluso poniendo en riesgo su vida, como sucedió en septiembre de 2022, no se trata solo de una injusticia individual. Es una clara manifestación del machismo que aún invade instituciones que deberían garantizar igualdad y respeto.

Quiero ser clara: todas las arbitrariedades en mi contra buscan un solo objetivo: que me alejen de la política. La proscripción perpetua es la verdadera pena. Quieren impedir que una parte del pueblo argentino elija libremente el proyecto que representa sus esperanzas.

Cabe destacar que la proscripción de un dirigente político no solo afecta a esa persona, sino que es una violación de los derechos políticos de todos los argentinos. Cuando se manipulan los tribunales para excluir adversarios, se le quita al pueblo su derecho a decidir su propio destino. Y esto no es un fenómeno exclusivo de Argentina.

A nivel global, vemos cómo el sistema judicial se utiliza para neutralizar a líderes con respaldo popular. Cambian los nombres y las circunstancias, pero el método se repite: el Derecho y la Justicia se transforman en herramientas políticas para eliminar adversarios que no pudieron ser derrotados en las urnas.

Este fenómeno plantea una gran amenaza para nuestras democracias. Una democracia no es plena cuando los jueces desdibujan la voluntad popular y el proceso judicial se convierte en persecución y proscripción. Ante esta realidad, elijo no responder con odio ni violencia. Opto por más Derecho, más democracia y más verdad.

Por el profundo respeto institucional que guía mi vida, he presentado una comunicación ante el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Hago esto con la convicción de que el Derecho Internacional de los Derechos Humanos es un logro de la humanidad, especialmente en momentos en que los mecanismos internos de un país fallan en proteger a las personas de abusos de poder.

El año pasado, tras sufrir un atentado, un grupo de prestigiosos juristas internacionales denunciaron la feroz persecución de la que fui víctima, explicando las irregularidades y violaciones a mis derechos. Después vino la condena en la causa “Vialidad”. Para esta nueva etapa de mi defensa, recurrí a dos abogados extranjeros reconocidos por su compromiso con los derechos humanos: el español Javier Borrego y el brasileño Rafael Valim. Su experiencia y dedicación garantizarán que mi caso se examine con el rigor jurídico necesario.

Ante el Comité, los jueces argentinos que participaron en mi juicio deberán rendir cuentas no ante un gobierno o partido, sino ante principios universales de independencia judicial y respeto por los derechos fundamentales.

Compatriotas: Nunca me doblegaré ante aquellos que creen que pueden vencer a través de la persecución y el miedo. No podrán quebrar mis convicciones ni mi compromiso con Argentina. Lucharé hasta el final por el reconocimiento de mi inocencia, porque sé que la verdad siempre encuentra su camino.

Lucharé porque creo en una justicia imparcial y en el reconocimiento de mis derechos. Lucharé, sobre todo, por ustedes, por el pueblo argentino, que merece vivir en un país donde nadie sea perseguido por sus ideas y donde los derechos humanos sean una realidad para todos.

Quiero dirigirme a aquellos que hoy sienten angustia o tristeza. No bajen los brazos. No permitan que les quiten la esperanza. La historia demuestra que ninguna injusticia perdura y que el deseo popular nunca se apaga.

Confío en la conciencia democrática del pueblo argentino. Les digo con la misma convicción con la que enfrenté los momentos más difíciles: muy pronto volveremos a encontrarnos y a caminar juntos. Volveremos a construir una Argentina donde la solidaridad y la dignidad primen sobre cualquier privilegio.

Pueden perseguir a los pueblos, pueden atacarlos, pero jamás podrán derrotarlos si permanecen unidos en defensa de la democracia y la verdad.

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