Archivo y legado a diez años de su fallecimiento

El viernes pasado, las puertas del Taller-Legado de Nicolás García Uriburu se abrieron en el Pasaje Bollini. Fue un momento emocionante donde se presentaron obras custodiadas por su familia, además de documentos del artista y los planes para el 2026. La inauguración coincide con el décimo aniversario de su fallecimiento, lo que hace que este homenaje cobre aún más significado.

Azul García Uriburu, hija del artista, rinde tributo a su padre, quien fue un pionero del Land art. Su trabajo lo catapultó a la fama internacional gracias a su firme defensa de la naturaleza y a la impactante coloración de aguas que lo caracterizaba. Si bien esta perfomance le otorgó notoriedad, su legado trasciende lo visual. Su producción artística es clave para comprender su época y la notable “crisis de la imagen” que enfrentamos.

El Taller-Legado de Nicolás García Uriburu

A mediados del siglo XX, los medios masivos y la cultura del consumo inundaron nuestras vidas con imágenes que perdían significado. El arte, antes lleno de intensidad, comenzó a parecer repetitivo. Pero en 1968, durante la Bienal de Venecia, García Uriburu decidió hacer algo radical: tiñó el Gran Canal con color verde fluorescente. Esta intervención no solo era un acto artístico; era una forma directa de señalar la contaminación del agua, transmitiendo un mensaje político potente. A pesar de las consecuencias de su acto, que lo llevaron a prisión por un tiempo, su colorante resultó ser inocuo.

El crítico de arte Pierre Restany estaba allí y quedó asombrado. En ese contexto convulso de mayo francés, su intervención generó atención mediática, convirtiéndose en un símbolo de protesta visual. Restany argumentaba que la clave para resolver la crisis de la imagen era conceptualizar las ideas detrás de estas. Para él, las obras de García Uriburu ofrecían una solución no a través de la creación de nuevas imágenes, sino dándole visibilidad a las problemáticas que se denunciaban.

La belleza en el arte de García Uriburu es innegable y siempre ha estado presente en sus pinturas, murales y actuaciones. Imagina al artista derramando color mientras las fuentes lo mojan; esta teatralidad, sumada a la elección de sus espacios, suma una potente carga estética a su obra. Espacios como el East River en Nueva York, el Sena en París o el Riachuelo en Buenos Aires fueron escenario de su arte. La contaminación destruye la belleza, y Restany lo destacó en Venecia: “fue un golpe maestro, una espléndida demostración de higiene moral del arte”.

En Argentina, el conceptualismo empezó a manifestarse de maneras innovadoras. Museos prestigiosos como el MoMA de Nueva York o la Tate Gallery de Londres ahora reconocen y coleccionan estas expresiones artísticas que antes pasaban desapercibidas. La historia del arte ha evolucionado, y hoy el Sur reclama su lugar en el Norte. Aunque la acción más recordada de García Uriburu sea la de Venecia, también dejó su marca en el Rin en Düsseldorf en 1981, junto al influyente artista alemán Joseph Beuys.

Los artistas argentinos de nuevas generaciones están finalmente siendo valorados en el escenario internacional. Sin embargo, mirar hacia atrás es crucial; rescatar esos valores a menudo olvidados se hace necesario. García Uriburu nos recordó que Argentina fue un crisol de vanguardias como el Land art y el happening. En los años 60, Buenos Aires competía con Nueva York y París en cuanto a cultura. El arte comenzó a ir más allá de lo visual para hacerse acción, conectándose con la ciencia y la política. Pero muchos de esos artistas cayeron en el olvido.

Hoy, ante un panorama artístico diverso y en constante cambio, algunas instituciones como el Museo Moderno han empezado a recuperar estas historias olvidadas. La paradoja es que aún enfrentando dificultades, las obras de esos artistas resplandecen con todo su valor. Es un momento para reconocer a quienes investigan y difunden el arte argentino.

En la Fundación, descansan los restos de las coloraciones, que incluyen botellas de sodio fluorescente y no tóxico junto a un mobiliario que habla sobre la desertificación. También hay pinturas de manos verdes y fotografías intervenidas de la serie “Utopía del Bicentenario”, que representan nuestra relación con el polucionado Riachuelo, el mismo que García Uriburu tiñó de verde en la apertura de Puerto Madero. Las imágenes reflejan dos siglos de contaminación y nos recuerdan que el arte no solo es bello, sino portador de mensajes urgentes.

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