Argentina y la importancia de diferenciar nicotina de combustión
El tabaquismo sigue siendo una de las principales causas de muerte en todo el mundo. Con alrededor de 1.200 millones de adultos fumadores y más de 8 millones de decesos anuales, el problema del tabaco es una verdadera pandemia silenciosa. En Argentina, a pesar de los esfuerzos realizados durante décadas, nos encontramos en un momento crítico: una gran parte de la población sigue fumando, a pesar de ser conscientes de los riesgos.
La confusión sobre la nicotina
Un obstáculo importante para avanzar en la lucha contra el tabaquismo es un malentendido común: muchos piensan que la nicotina es la principal culpable. En la conversación pública, suele ser demonizada como la causante del cáncer de pulmón y de enfermedades cardíacas. Sin embargo, la ciencia nos dice otra cosa. La nicotina puede generar dependencia, pero son los gases y las toxinas del humo los que realmente provocan el daño.
Existen muchos estudios que respaldan esta visión. Al poner el foco en la nicotina, descuidamos el verdadero enemigo: la combustión química que se produce al fumar. Esa combustión genera un cóctel tóxico de más de 7.000 compuestos químicos, entre ellos el monóxido de carbono y varios carcinógenos.
Nicotina: adicción, no cáncer
Para lograr un cambio en nuestras políticas de salud, es fundamental ser precisos. La nicotina, aunque es adictiva, no está clasificada como carcinógena por organismos como la FDA o la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC). El verdadero peligro proviene del humo del cigarrillo, que al encenderse alcanza temperaturas altísimas y produce ese cóctel tóxico.
Como decía el profesor Michael Russell: “La gente fuma por la nicotina, pero muere por el alquitrán”. Esta idea nos lleva a una conclusión importante: si clasificamos la nicotina y el humo del cigarrillo de la misma manera, se envía un mensaje arriesgado a los fumadores. ¿Por qué cambiar si todo es igual de mortal?
Necesitamos un enfoque más amplio
Históricamente, el control del tabaco en Argentina se ha centrado en dos aspectos: la prevención y la cesación. Debemos impedir que los jóvenes empiecen a fumar y ayudar a quienes quieren dejar de hacerlo de manera abrupta. Pero ese enfoque deja de lado a un enorme grupo: aquellos fumadores que no pueden o no quieren dejar el cigarrillo por completo. A menudo, la estrategia de “todo o nada” lleva a que muchos sigan fumando.
Introduciendo un tercer pilar: reducción de daños
Aquí es donde entra en juego la reducción de daños. Este enfoque no reemplaza la prevención ni la cesación, sino que ofrece una alternativa para quienes no pueden dejar la nicotina hoy. Se trata de brindarles opciones menos dañinas, sin el riesgo mortal del fuego.
Hoy en día, existen tres alternativas principales:
- Vapeadores: dispositivos que administran nicotina a través de un líquido en aerosol, eliminando la combustión del tabaco.
- Productos de tabaco calentado: calientan tabaco real para liberar nicotina sin quemarlo.
- Bolsitas de nicotina: un sistema oral libre de tabaco y humo.
Aunque no son completamente inofensivos, hay datos que muestran que estos productos disminuyen significativamente la exposición a las toxinas que causan cáncer y enfermedades cardíacas.
Una nueva política en Argentina
Argentina tiene la oportunidad de seguir el camino de países como el Reino Unido, Nueva Zelanda y Japón, que han visto drásticos descensos en el tabaquismo al integrar la reducción de daños en sus políticas. Es hora de dejar de decirles a los fumadores que “todo es igual de malo” y comenzar a ofrecerles herramientas concretas para reducir su riesgo.
Es momento de adoptar ese tercer pilar: Prevenir, Dejar y —para quienes aún no logran dejar— Reducir el Daño.